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martes, 24 de diciembre de 2013

1944 UNA TREGUA NAVIDEÑA EN MEDIO DE LAS ARDENAS

La curiosa cena de Navidad entre soldados alemanes y americanos
 
manuel p. villatoro / Madrid
Día 24/12/2013 - 02.17h
 

En 1944, durante la batalla de las Ardenas, una patrulla aliada y otra alemana decidieron detener las hostilidades el día de Nochebuena para disfrutar juntos de un asado

Un milagro de Navidad. Eso es lo que debió ocurrir el 24 de diciembre de 1944 en mitad del bosque de Hürtgen (Bélgica) para que seis soldados (cuatro nazis y dos americanos) depusieran sus armas y, por una noche, detuvieran la batalla de las Ardenas para cenar con una familia local al calor del fuego. Aquel día podía haberse producido un baño de sangre pero, sin embargo, parece que el espíritu navideño logró vencer las diferencias existentes entre ambas patrullas.
 
Corría entonces el año 1944, y las cosas no marchaban precisamente bien para el hombre del eterno bigote: Adolf Hitler. Y es que, a pesar de que ya había conseguido que una buena parte de Europa se rindiera a su esvástica, ese año también se dio de bruces contra los aliados quienes -cansados ya de tanto Führer para arriba y Führer para abajo- habían movilizado a sus tropas y entrado en territorio alemán a través de las playas de Normandía.
 
A su vez, al pequeño Adolfo tampoco le gustó demasiado que los británicos conquistaran el puerto belga de Amberes y que los soviéticos amenazaran a su querida Alemania desde el río Vístula (Polonia). La situación se postulaba fea, y por ello, el Führer se dispuso a hacer lo que mejor sabía: tomar las armas en contra de todos aquellos que no profesaran el nazismo.
 
Concretamente, Hitler reclutó 25 nuevas divisiones (unos 250.000 soldados) con las que pretendía atacar por sorpresa la zona más desguarecida del cerco que estaban creando los aliados: las Ardenas, una región formada por frondosos bosques en Bélgica. Una vez rota la línea americana, sus tropas se dirigirían a toda marcha hacia Amberes con la firme intención de volver a tomar el puerto. De esta forma, y según la fantasiosa mente del Führer, los británicos abandonarían Europa al quedar sus tropas aisladas y divididas de las norteamericanas.

Comienzan las hostilidades

Sea como fuere, e independientemente de los objetivos imposibles que buscaba, el 16 de diciembre los planes de Hitler se hicieron realidad y más de 2.000 cañones iniciaron un bombardeo de una hora y media sobre 130 kilómetros de la línea norteamericana de las Ardenas. A su vez, y después de estos curiosos fuegos artificiales navideños, los más de 250.000 soldados y decenas de blindados alemanes iniciaron un asalto en masa sobre los sorprendidos aliados.
 
Este ataque inicial -que duró varios días- se tradujo en una masacre, pues los oficiales americanos no barajaban una ofensiva de tan alto calibre en un terreno tan boscoso y habían reducido al mínimo las defensas de la zona.. De hecho, los nazis –que tenían una ventaja numérica de tres a uno frente a sus enemigos- no tuvieron más que avanzar y acabar a base de fusil y ametralladora con los escasos aliados. Aquellos días, además, fueron muchos los soldados estadounidenses que se vieron separados de sus unidades debido al sangriento ataque.

Correr por la vida

Precisamente ese fue el trágico destino de dos militares norteamericanos que, el día de nochebuena, se hallaron perdidos bajo la noche en medio de un paraje desconocido. «Estos dos jóvenes norteamericanos deambulaban desorientados por el tupido bosque de Hürtgen, en la frontera germano-belga, al haber perdido contacto con sus tropas. Uno de los dos presentaba graves heridas, por lo que no podían continuar caminando por aquel terreno cubierto de nieve. Desesperados, se arriesgaron a llegar hasta la puerta de una casa solitaria en busca de ayuda pese a encontrarse esta en el lado alemán», explica el periodista e historiador Jesús Hernández en su libro «Historias asombrosas de la Segunda Guerra Mundial».
El frío era en esos momentos insoportable y la nieve caía acumulándose sobre sus cascos. Sin embargo, las condiciones meteorológicas no planteaban ningún problema en comparación con el miedo a caer bajo las garras de los soldados nazis. Y es que, los seguidores de Hitler habían demostrado ya su escasa piedad al haber acabado unos pocos días antes con cientos de prisioneros americanos.
 
Por suerte para ellos, la puerta de la casa la abrió una amable mujer que -a pesar de las nefastas consecuencias que podría tener para su familia- se ofreció a curar las heridas del soldado aliado. «Además, les invitó a compartir (…) la cena de Navidad, consistente en un suculento asado. Sorprendidos por esta hospitalidad, los norteamericanos aceptaron compartir la cena y pasar la noche en la casa», añade Hernández en su obra.

El invitado menos deseado

Parecía que aquella noche iba a ser perfecta para los soldados aliados quienes, al calor del fuego, decidieron tomar asiento en la mesa dispuestos a degustar una buena cena caliente. En cambio, el destino les tenía reservada una última jugarreta pues, cuando estaban a punto de comenzar a comer, un sonido seco sonó desde la entrada de la casa: alguien llamaba.
La dueña, desconcertada, se levantó y abrió la puerta. Su sorpresa no pudo ser mayor cuando vio que al otro lado se hallaba una pequeña patrulla formada por tres soldados nazis a las órdenes de un sargento. Fuertemente armados, los alemanes pidieron entrar para registrar el hogar ya que, según explicaron, habían seguido unas extrañas huellas de sangre hasta aquella casa.

Una curiosa cena de Navidad

La tensión podía cortarse con un cuchillo de combate, y no se calmó cuando los nuevos visitantes preguntaron si había en el interior de la casa algún enemigo del Führer. «La dueña no se dejó impresionar y respondió desafiante: «Americanos». Los alemanes empuñaron sus armas, dispuestos a irrumpir en la estancia, cuando ella les dijo con calma: «Vosotros podríais ser mis hijos, y los que están aquí dentro también». «Uno de ellos está herido –continuó- y están cansados y hambrientos, así que entrad, pero esta noche nadie tiene que pensar en matar», completa el experto español en su obra.
A su vez, la tierna señora invitó a los soldados de la Wehrmacht a cenar. En principio, los nazis no supieron cómo reaccionar. Indecisos, los soldados miraron perplejos a su superior quién, increíblemente, ordenó a sus subalternos deponer las armas. A continuación, y para asombro de los norteamericanos, los alemanes, pidieron permiso para pasar y se fueron sentando a la mesa junto a sus, hasta ese momento, enemigos.
 
«Poco a poco, las prevenciones se fueron disipando y la cena acabó discurriendo por unos impensables cauces de compañerismo. Al final, todos entonaron canciones navideñas. (…) A la mañana siguiente, aquella amistad surgida durante la cena no se había esfumado con la llegada del nuevo día; los soldados alemanes indicaron a los americanos como llegar hasta sus propias líneas», finaliza el autor de «Historias asombrosas de la Segunda Guerra Mundial».

Cuatro preguntas a Jesús Hernández

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